La teoría reaccionaria de Foucault

Ubaldo Oropeza, CDMX

Foucault es uno de los teóricos más referidos dentro de la academia. Su popularidad es tanta que en diferentes carreras sus teorías son el eje fundamental para sustentar la mayoría de sus posiciones o conclusiones. Destaca su teoría sobre el poder y su método, la genealogía: un sistema para interpretar la realidad, aunque él está en contra de todo sistema científico de estudio. 

Foucault nunca desarrolló una teoría como tal. Sus charlas y lecciones fueron editadas posteriormente para sustentar una base de análisis para estas teorías. Foucault luchó abiertamente contra el marxismo. Aunque muchos de sus pupilos lo utilizan para rebatirlo, una parte considerable de la llamada izquierda trata de presentarlo como marxista o utiliza sus teorías para “reforzar” el marxismo.

Muchos de sus postulados son asumidos por la teoría queer, la interseccionalidad, los estudios poscoloniales y la decolonialidad. Todas estas corrientes se reivindican de izquierda y buscan explicar el mundo y solucionar sus demandas.

Dice un dicho que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. Intentar incorporar a Foucault al marxismo es un error contra el que debemos luchar.  

Son teorías totalmente excluyentes. Mientras que el marxismo se basa en el materialismo histórico y dialéctico, el pensamiento foucaultiano se basa en el idealismo, a veces objetivo y otras totalmente subjetivo. El marxismo nace en una batalla feroz contra el idealismo de los hegelianos de izquierda que, si bien algunos rompen con la religión, la mayoría cree en el hombre y en la razón en abstracto.

La diferencia fundamental entre Marx y Engels y todos los demás teóricos hegelianos es que, mientras unos se hunden en el pantano del idealismo objetivo y subjetivo, el marxismo los supera basándose en el materialismo dialéctico.

Marx y Engels lucharon por una filosofía que pudiera explicar el mundo de forma racional, que mirara en lo más profundo de las causas y entendiera sus efectos, relacionando el movimiento como parte integral de toda materia, sociedad y pensamiento, y entendiendo que este movimiento se genera a partir de contradicciones.

El golpe final del marxismo contra el idealismo fue vincular la teoría con la práctica.  En las Tesis sobre Feuerbach, Marx pone el último clavo al ataúd de la filosofía idealista: ningún problema teórico se resuelve en la teoría, sino en la práctica.

El método de Foucault

Para los marxistas es fundamental tener un método que nos permita entender la realidad lo mejor posible, porque de eso depende la participación que podamos tener en ella. Para los comunistas, el análisis de la realidad es el punto de partida y es fundamental, porque sobre ese análisis se perfila nuestra intervención.

Esto es importante porque a  un académico o a quien solo asume las ideas como un ejercicio intelectual, ajeno a su actuar político, le da lo mismo decir una cosa que otra. El método, su forma de analizar la realidad, da igual: solo lo utiliza para satisfacer su necesidad de hablar con palabras refinadas y sentarse a deliberar sobre una idea absurda.

El marxismo lucha por entender la realidad y considera que la mejor teoría es aquella que mejor la refleja. El materialismo dialéctico nos permite entenderla de forma coherente a partir de sus contradicciones; entiende que los cambios que se suceden son resultado de hechos conectados unos con otros.

Foucault está muy lejos de buscar eso. Al contrario, se mueve bajo la lógica de no comprender nada: la discontinuidad. El método de análisis que el filósofo francés plantea como herramienta es la “genealogía”.

Nada de lo que expuso en sus clases y conferencias fue formulado por él mismo como teoría o ley general, justamente por estar en contra de las generalizaciones.

A partir de su método de “enfoque genealógico”, parte de la práctica —lo empírico—, de diversos discursos sin enfoques fijos —teorías no generales— y del estudio de procesos históricos discontinuos —aislados y sin conexión con otros— para llegar a sus conclusiones.

Su método no busca las bases materiales de las cosas ni sacar conclusiones de un proceso histórico continuo e interconectado. Rechaza las teorías generales, que son experiencia acumulada y transmitida a partir de leyes y teorías. En otras palabras, nada del pensamiento racional le interesa. Por el contrario, dice:

«La genealogía no pretende el retorno a un origen; al contrario, intenta mantener en su dispersión aquello que pasa. Busca las rupturas, las discontinuidades, los accidentes, los errores, las falsas apreciaciones, los malos cálculos que dieron nacimiento a lo que existe y tiene valor para nosotros». (Foucault, Nietzsche, la genealogía, la historia)

En una palabra, su método es el no-método: buscar los accidentes, las no generalidades y los errores. Todo ello para formular ¿qué? Nada. Su intención no es encontrar nada más que discontinuidad, romper las teorías generales a partir de accidentes. No le interesa demostrar nada ni llegar a ninguna parte, sino desarmar todo lo armado.

Esto es una forma de solipsismo del conocimiento: solo existe lo que es consciente en mi yo. No hay leyes, no hay conocimiento claro, no hay generalidades; solo mi experiencia y la relatividad de todo… menos de lo que él dice, por supuesto.

Contra el conocimiento y la ciencia

Cabría preguntarnos el porqué de este método que no va para ningún lado. La respuesta es que, retomando a Nietzsche, plantea que el presente da sentido al pasado y no al revés. Es decir, el discurso que actualmente es verdadero o dominante es el que explica la historia.

El marxismo busca en la historia el rastro que nos tiene en la situación actual; es decir, busca el hilo conductor que viene heredado de las condiciones materiales que engendran las contradicciones actuales.

Foucault, interpretando a Nietzsche, llega a la conclusión de que hay que negar una historia que pueda explicar todos los acontecimientos. Niega una racionalidad histórica que nos permita explicar los acontecimientos actuales. No ve la historia como un proceso que desemboca en la actualidad, sino como eventos entrecortados, fortuitos e irracionales. Dice:

«El verdadero sentido histórico reconoce que vivimos sin puntos de referencia ni coordenadas originarias, en una infinidad de puntos perdidos». (Foucault, Nietzsche, la genealogía, la historia)

Este pensamiento lleva directamente a una posición filosófica idealista. Para Foucault, la historia no muestra ni explica nada; lo fundamental es la interpretación que tú haces de esa historia. Además, se desprende otra idea clave: no puede existir un punto de vista objetivo, mucho menos científico.

Retomando nuevamente a Nietzsche, Foucault dice que se ha impuesto la «voluntad de verdad». Con ella viene todo un “discurso” que nos lleva a cuestionar si es que el conocimiento existe.

Dice que el conocimiento no está inscrito en la naturaleza humana, que es contranatural y, retomando a Nietzsche, llega a la misma conclusión que él: que entre el conocimiento y el mundo solo puede haber una relación de poder y dominación. Esto lo desarrollará más adelante y llegará a la conclusión de que la verdad solo es producto de prácticas de dominación, prácticas de poder.

De esta manera, el pensamiento de Foucault, su filosofía, niega la verdad, pues esta es impuesta por la dominación. Niega el conocimiento en general y el científico en particular, y al marxismo, porque el conocimiento solo es una herramienta de poder para justificar una dominación. Niega la realidad porque solo es fruto de un discurso con una finalidad detrás.

«No existe relación de poder sin la constitución correlativa de un campo de conocimiento, ni de conocimiento que no presuponga ni constituya relaciones de poder al mismo tiempo». (Foucault, Vigilar y castigar) 

Este filósofo considera a la ciencia como la regulación y disciplina del conocimiento; por eso, su “genealogía” es anticientífica. Lo mismo piensa del marxismo y de cualquier otra teoría que intente explicar científicamente la realidad, la historia y la lucha de clases.

Muchos consideran esta idea de negar las teorías como revolucionaria y disruptiva, pero es lo más tonto que puede haber: es renunciar a un conocimiento acumulado de la humanidad para transformar la realidad.

Tanto la filosofía idealista como el método antimétodo que propone Foucault no hacen avanzar nada el pensamiento humano, mucho menos ayudan a la clase obrera a liberarse del capital. No solo eso: revisando su teoría más socorrida, la del poder, nos damos cuenta de que cae en el terreno de la reacción.

Metafísica del poder

Para el marxismo, la metafísica es una forma de pensamiento ahistórico, por tanto, abstracto, que no toma en cuenta las condiciones materiales. Este pensamiento considera las cosas y las ideas como algo fijo e inmutable, fuera de sus conexiones y contradicciones.

Engels, en su texto Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, dice que el gran error de la metafísica consiste en «que considera las cosas y sus representaciones, los conceptos, como algo rígido, dado de una vez y para siempre».

Y en otro de los grandes textos del marxismo, el Anti-Dühring, expresa:

«Para el metafísico, las cosas y su reflejo en el pensamiento, los conceptos, son objetos de investigación aislados, que hay que considerar uno tras otro y separadamente, fijos, rígidos, dados de una vez para siempre. Piensan en puros contrastes: su lenguaje es ‘sí, sí; no, no; lo que va más allá, viene del Maligno’».

Sus clases dictadas entre 1975 y 1979 —que posteriormente se convirtieron algunos de sus textos más influyentes— habla de tres tipos de poder: el poder soberano, el disciplinario y el de la biopolítica.

Nos interesa desarrollar solo los aspectos útiles para el tema que tratamos. Basta decir que, a lo largo de estos libros, Foucault va planteando cómo se presenta el poder en diferentes ámbitos, por ejemplo, en el Estado, en los cuerpos y en lo social.

Él no concibe el poder como algo que se posee, que se puede tener o perder según las circunstancias, sino como una relación estratégica que se ejerce en las prácticas sociales, en todas las relaciones sociales. No es una posición jerárquica que se ejerce desde los altos mandos o direcciones generales, o desde los grandes capitales hacia sus subordinados; es decir, aquella que se ejerce desde un poder estructural o sistémico, sino que se genera a partir de una relación dinámica:

«El poder no es algo que se adquiere, se apodera, se comparte, ni se disputa, sino que se ejerce a partir de innumerables puntos y en el juego de relaciones móviles e inestables» (Foucault, Historia de la sexualidad I).

En el libro Microfísica del poder plantea una idea similar:

«El poder no es una institución, ni una estructura, ni una posesión de ciertas personas. Es el nombre que se le da a una situación estratégica compleja en una sociedad dada […] Los discursos o bloques tácticos son elementos dentro de ese campo de relaciones de fuerza».

Su pensamiento sobre el poder se convierte en metafísico: algo absoluto, inamovible, incuestionable, que se repite en todos los lugares y tiempos; una visión ahistórica que atraviesa todas las relaciones sociales, desde las más simples hasta las más complejas. Para él, nadie está exento de ejercer una dinámica de poder; este es ejercido a partir de diferentes tácticas y resistencias.

Para Foucault, da lo mismo si tus discursos o luchas van dirigidos contra la opresión o contra el sistema capitalista, porque esa resistencia misma es una forma de ejercer un poder. Mete en un solo saco la violencia real que ejerce el capitalismo contra miles de millones de personas y la respuesta que se puede generar para liberarse de esa opresión.

Dice que los discursos que apelan a la raza o a la clase son herramientas para legitimar el poder. La lucha de los oprimidos y sus organizaciones, que confrontan a sus explotadores, llevan implícito el discurso de poder y reproducen una dinámica de opresión.

«El discurso sobre la lucha de clases […] no es un discurso de verdad absoluta; es un discurso estratégico, uno de poder. […] La lucha de clases no es una categoría natural, sino una herramienta de análisis que se constituye en el interior de una práctica política, de una práctica de poder». (Foucault, Microfísica del poder)

Lo que plantea aquí es que la lucha de clases no es una cuestión objetiva o real que se desprenda de las condiciones concretas de las relaciones capitalistas, sino un discurso creado para legitimar un nuevo poder. Esto es una posición reaccionaria, clara y abierta. Es un llamado a sus seguidores a no organizarse ni luchar y, por tanto, a perpetuar el control de los explotadores.

En la práctica, esta teoría es reaccionaria porque pone al mismo nivel, por ejemplo, la política criminal y genocida del gobierno sionista, con el apoyo del imperialismo norteamericano en Gaza, y la reacción de los niños gazatíes que les avientan piedras a los vehículos blindados que masacran a su pueblo. Estas ideas son las que reproducen los gobiernos imperialistas y los sionistas cuando defienden su “derecho a defenderse” frente a las piedras palestinas. Esto no tiene un ápice de izquierda o progresista.

Aún hay más: plantea que el saber —léase, todas las ideas— está íntimamente ligado con el poder; que no hay un saber neutral ni independiente, sino que está entrelazado con las dinámicas de poder. El poder produce saberes, discursos y prácticas para legitimarse y configurar realidades.

Aquí se repite el idealismo subjetivo: la realidad es configurada a partir de los discursos de poder. No son relaciones sociales que tienen bases materiales, sino relaciones organizadas a partir de la subjetividad de alguno o algunos. De esta forma, pone al individuo y sus ideas de ambición de poder en el centro de la historia.

Nosotros aceptamos que, en una sociedad dividida en clases, hay una disputa permanente. Por un lado, la clase dominante quiere mantenerse en el poder y utiliza el aparato estatal y también la ideología para mantenerse en él. Ella genera discursos y teorías que afianzan su poder. Todo esto es real; no es un invento de Foucault, sino un aporte del marxismo. En los textos de Marx y Engels podemos encontrar un sinfín de citas sobre esto. Para nosotros no es nuevo.

Ya en La ideología alemana, Marx y Engels explican cómo:

«Las ideas de la clase dominante son, en todas las épocas, las ideas dominantes; es decir, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante».

De este análisis se desprende la necesidad de la organización del proletariado, no solo como clase en sí, sino como una clase para sí, con una conciencia clara de su papel histórico en la sociedad y en la lucha contra la burguesía, su Estado y su ideología. El proletariado debe organizarse en su partido, luchar material e ideológicamente para tener las herramientas necesarias para emprender el camino de su emancipación.

Lo que hace Foucault es utilizar la primera conclusión del marxismo y convertirla en una herramienta para desechar la segunda. Es decir, lleva esta idea al extremo de una forma metafísica y la convierte en su contrario. Esto no solo lo hace para negar la lucha de clases, sino todo pensamiento racional y científico y la realidad misma.

Si todas las relaciones son relaciones de poder, entonces no existe una clase dominante y una clase oprimida, sino solo individuos, todos y cada uno de los cuales oprimen a todos aquellos con los que entran en relación. La aplicación práctica de esta forma de ver el mundo lleva al rechazo de la organización colectiva de los oprimidos, pues eso es una forma de poder y de opresión también.

Algunos pueden pensar que exageramos, pero hemos sido testigos de activistas estudiantiles que se oponen a tomar una decisión en asamblea acerca de, por ejemplo, una huelga por Palestina o contra la opresión de la mujer, por considerar que eso constituye una forma de violencia y opresión.

Las ideas de Foucault, que en la academia se presentan como grandes aportes a las ciencias sociales y que algunos quieren presentar como marxistas y como herramientas para la liberación, en realidad son un puñado de pensamientos metafísicos, idealistas y reaccionarios que son utilizados para desviar la atención de quienes luchan por el comunismo.

El deber de los comunistas no es ignorar estas teorías, sino combatirlas con argumentos y demostrar su carácter reaccionario.