La Revolución de Febrero y el gobierno provisional

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Escrito por Rubén Rivera Álvarez

 En sólo cinco días, del 8 al 12 de marzo (en el calendario occidental), la insurrección de las masas de obreros y soldados de San Petersburgo, entonces capital del Imperio ruso, derribaba al Zar Nicolás Romanov y ponía fin a 300 años de monarquía zarista sustentada en la opresión, la sangre y el sufrimiento de decenas de millones de oprimidos de toda Rusia.

La guerra imperialista

Diera la impresión de que la revolución de febrero de 1917 fue consecuencia directa de la guerra, es decir que sin ésta no hubiera sido posible. Ciertamente fue un factor importante, no obstante, la realidad es que el estallido de la guerra puso freno a un movimiento revolucionario que avanzaba ininterrumpidamente desde 1912, cuando una masacre de mineros en Siberia hizo propagar una serie de huelgas de masas. Si no hubiera habido guerra es probable que la revolución hubiese estallado en 1914

El estallido de la guerra mundial cortó bruscamente todo el movimiento. Rusia se alineó con Francia e Inglaterra en la guerra contra Alemania y el Imperio austro-húngaro. Rápidamente, los efectos materiales de la guerra se hicieron sentir en todos los países que participaron en la contienda. Pero las cargas de la guerra se hicieron particularmente insoportables para los países más atrasados, como Rusia. La industria de guerra devoraba todos los recursos. Se perdieron las minas de carbón y las fábricas de Polonia. Durante el primer año de guerra, Rusia perdió cerca de la quinta parte de su industria. Un 50% de la producción total y cerca del 75% del textil hubieron de destinarse a cubrir las necesidades del ejército y la guerra.

El crecimiento del malestar entre los soldados, los obreros, las mujeres en los barrios y los campesinos se reflejaba en las divisiones que tenían lugar entre los círculos dirigentes de la camarilla del zar, la nobleza, la oficialidad del ejército y la burguesía. A finales de 1916, entre estos últimos se hacía clara la idea de que la continuación de la guerra se hacía insostenible, culpando del desastre al entorno del zar.

Este proceso de insatisfacción en las cúpulas políticas y militares de la aristocracia Rusa se reflejó en el asesinato de Rasputin, místico y borracho consejero del Zar y la Zarina, a manos de algunos nobles ricos. Incluso se hablaba de la posibilidad de un autogolpe de estado contra Nicolás para salvar el imperio.

Las mujeres ponen la muestra

En el mes de enero de 1917 tienen lugar huelgas importantes, fundamentalmente en San Petersburgo, encabezadas por los obreros metalúrgicos. En diversos puntos de la ciudad se saqueaban las panaderías. La temperatura de la sociedad se encaminaba al punto crítico de su ebullición. Este se produciría a finales de febrero.

El día 23 de febrero (del calendario oriental) era el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Nadie podía pensar que ese día marcaría el inicio de la revolución. A primeras hora de la mañana las obreras de algunas fábricas textiles de la capital, desoyendo las consignas de las organizaciones obreras de no salir a la calle para evitar enfrentamientos con la policía y la tropa, entran en huelga enviado delegaciones a los obreros metalúrgicos para que las sigan. Ese día se declaran en huelga cerca de 90.000 obreros y obreras de San Petersburgo. La jornada, a pesar de todo, transcurre sin incidentes ni víctimas.

El día 24 de febrero el movimiento huelguístico cobra un nuevo ímpetu. Casi la mitad de los obreros industriales de San Petersburgo fueron a la huelga. Los trabajadores van a la fábrica por la mañana, se niegan a trabajar, organizan mítines y se dirigen en manifestación al centro de la ciudad. Desde los barrios, la gente se une al movimiento. El grito inicial de «pan» pronto es rebasado por el de «abajo la autocracia» y «abajo la guerra».

El día 25 había ya 240.000 obreros en huelga. Se paran los tranvías y se cierran muchos establecimientos comerciales. Millares de personas toman las calles, produciéndose los primeros choques armados con la policía. Ese día la consigna general es desarmar a la policía, odiada intensamente por las masas. A media tarde son sacadas las primeras tropas a la calle, para reprimir el movimiento. La huelga en San Petersburgo se había convertido ya en general, reproduciendo a una escala superior las experiencias de 1905; las manifestaciones callejeras ponían en contacto a las masas revolucionarias con las tropas. Ese mismo día, los barrios de Viborg y de Peski se hallaban en manos de los obreros, donde las comisarías son asaltadas y destruidas.

El 26 de febrero, a pesar de que era domingo y no se trabajaba, los obreros se van concentrando y se dirigen al centro de la ciudad desde todos los barrios. A pesar de que la policía dispara –camuflada– desde las azoteas y balcones, causando varios muertos y heridos, ese día también intervinieron decisivamente las tropas, a quienes se da orden de disparar. El soldado, sintiendo en su nuca el cañón del revolver del oficial, obedece a regañadientes. Ese día se cuentan 40 muertos y numerosos heridos. La lucha entraba en su fase decisiva.

Los soldados voltean los fusiles

El 27 de febrero es el día decisivo. A primera hora de la mañana, en el barrio de Viborg, verdadero centro de la insurrección proletaria y donde los bolcheviques tenían su base más numerosa, acuden representantes de 40 fábricas, que deciden continuar el movimiento. La asamblea se vio interrumpida por la noticia de que los batallones de reserva de la Guardia se fueron sublevando, uno tras otro, cuando eran sacados a la calle por los oficiales. En algunos sitios, los obreros que han conseguido unirse a los soldados penetran en los cuarteles, sublevando a los soldados, quienes se apoderan de las armas y encierran o fusilan a los oficiales que los amenazan. Obreros y soldados trazan un plan de acción: apoderarse de las comisarías, desarmar a los gendarmes, liberar a los presos políticos y sublevar a los soldados que aún no lo han hecho. Automóviles blindados con la bandera roja desplegada recorren la ciudad.

Los escasos focos de resistencia afines al gobierno son barridos por los fusiles y las ametralladoras. Las tropas sacadas para reprimir la revuelta se ven rodeadas inmediatamente por una multitud de obreros, mujeres, adolescentes y soldados sublevados. Las tropas se entregan sin lucha y se unen a los insurrectos. Se asaltan las cárceles y se pone en libertad a los detenidos políticos. El 28, a primeras horas de la mañana, cae el último bastión zarista: la fortaleza de Pedro y Pablo. Los sublevados controlan toda la ciudad y la región de San Petersburgo. Los miembros del gobierno son detenidos o huyen, al igual que los oficiales reaccionarios. El tren en el que había huido el zar con su familia fue bloqueado por los obreros ferroviarios, quienes lo retuvieron hasta que las nuevas autoridades revolucionarias que se hicieran cargo del poder decidieran qué hacer con él.

Una vez alzado Petrogrado, nuevo nombre dado a la capital de Rusia, el resto del país se adhiere rápidamente en los días siguientes, sin oposición alguna. El régimen zarista, sin ninguna base social, cae como una manzana podrida.

No cabe duda de que el espontaneísmo de las masas fue un factor clave en la revolución. Pero no hay que olvidar que a la cabeza de los insurrectos se destacaban los obreros bolcheviques, la mayoría de los cuales tenía a sus espaldas una rica experiencia revolucionaria, de organización, de tradiciones, de discusión, de ideas y de perspectivas. Sólo sobre esa base pudieron convertirse, en el momento decisivo, en la columna vertebral de la revolución, pese a las vacilaciones de sus cuadros dirigentes.

Doble poder

El 27 de febrero por la tarde, una multitud de obreros y soldados se dirigió al Palacio de Táurida, sede de la Duma, con la intención de conocer las intenciones de ésta después de la revolución triunfante. Por la fuerza de los acontecimientos, la Duma creó un «comité provisional» formado por los representantes del Partido Cadete y otros elementos pequeñoburgueses, para estudiar la situación. Fue a este comité al que el zar entregó la abdicación.

Es algo muy común en toda revolución, fundamentalmente en las primeras semanas, donde se refleja todavía la falta de madurez de ésta, que frente al protagonismo indiscutible pero anónimo de las masas, salgan a la palestra todo tipo de elementos desligados de ella: periodistas, abogados, elementos pequeñoburgueses «progresistas» y gente con un pasado revolucionario que se alzan por encima del movimiento, impulsados por la propia ola revolucionaria, y que, utilizando su posición y adaptándose al lenguaje de las circunstancias, capten cierta atención entre las masas recién despiertas a la vida política. Uno de estos elementos fue Kerensky, abogado laboralista, que se afilió al Partido Socialrevolucionario y que aceptó entrar en el «Comité Provisional».

En contraste con la actividad de los políticos burgueses en otras dependencias del Palacio de Táurida, después de 12 años, los dirigentes obreros volvían a organizar el «Sóviet de Diputados Obreros», el nuevo poder obrero nacido silenciosamente de la vieja sociedad, a cuya cabeza se situó el «Comité Ejecutivo Provisional del Soviet de Diputados Obreros», integrado principalmente por ex revolucionarios que habían perdido en años anteriores el contacto con las masas, pero que conservaban el «nombre». La mayoría de éstos pertenecían al partido menchevique. Por su parte, los dirigentes del partido bolchevique, cuyos cuadros fundamentales estaban en el exilio o desterrados en Siberia, no tenían una concepción muy clara de qué actitud adoptar ni qué programa defender dentro del soviet.

En la primera reunión se decidió unir a los soldados en un soviet común de diputados obreros y soldados. Desde el primer momento, el soviet, a través de su comité ejecutivo, empieza a obrar como poder: control de las subsistencias, de la guarnición, ocupación del Banco del Estado, la Tesorería, la fábrica de monedas, el transporte. El poder estuvo en manos del soviet desde el primer momento. Los obreros y empleados de las oficinas de correos y telégrafos, de radio, de todas las estaciones de ferrocarril, de todas las imprentas, no querían someterse más que al soviet. En adelante, los obreros y los soldados, y algo más tarde los campesinos, sólo se dirigirán al soviet como órgano en el que se concentran todas sus esperanzas y como reflejo vivo de su poder en la sociedad.

Sin embargo, las ideas conciliadoras y pequeñoburguesas presidían las intenciones de los dirigentes mencheviques y socialrevolucionarios, quienes poseídos de una desconfianza orgánica hacia la clase obrera y hacia la revolución, entendían que era la burguesía la encargada de dirigir a la sociedad, relegando la función del soviet a vigilar y hacer la función de leal oposición al gobierno burgués. Con esta idea, una delegación del «comité ejecutivo» fue a visitar al «comité provisional» de la Duma para plantearles que se hicieran cargo del poder. Una vez que estos últimos comprobaran amargamente la irreversibilidad del triunfo de la revolución, tuvieron que aceptar a regañadientes el ofrecimiento. Como «concesión» a las masas, entró Kerensky en el nuevo «gobierno provisional». La intención secreta que el nuevo «Gobierno Provisional» se marcó, a cuya cabeza se situó el príncipe Lvov y Miliukov (jefe del Partido Cadete), era ganar el máximo tiempo posible para intentar descarrilar la revolución, si las circunstancias se lo permitían. El nuevo gobierno fue recibido con gran recelo y desconfianza por parte de las masas.

La situación de Rusia después de la revolución era de una total inestabilidad. El «doble poder» en la sociedad, que siempre ha acompañado a todo proceso revolucionario, no podía durar eternamente. El poder real estaba en manos de los soviets, y era el único en el que confiaban las masas. El poder formal y «oficial» residía en el «gobierno provisional» en manos de la burguesía. Pero cada ofensiva de las masas por sus propias reivindicaciones e intereses (firma de la paz, jornada de 8 horas, control obrero en las fábricas, subidas salariales, entrega de la tierra a los campesinos, etc.) entra en contradicción frontal con los del «gobierno provisional». La confusión reinante en las direcciones de los partidos obreros sobre el carácter de la Revolución rusa (si la revolución tenía un carácter democrático-burgués o socialista), sobre la convocatoria de una Asamblea Constituyente, sobre el papel de los soviets, sobre la continuación o no de la guerra, sobre el apoyo al «gobierno provisional» de la burguesía, etc., todo ello –como reflejo de los intereses contrapuestos de clases en pugna– se irá dilucidando en las siguientes semanas y meses después de febrero. Las ilusiones y el entusiasmo de las primeras semanas de la revolución se irán diluyendo, y nuevas conclusiones y tareas habrían de ser abordadas por las masas en el fuego de los acontecimientos.

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