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Clases sociales o “clases sexuales”, una crítica marxista al “feminismo radical”

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Escrito por David García Colín Carrillo y Gianninna Ninnette Torres Ramírez

Antoine Artous en su libro “Los orígenes de la opresión de la mujer” critica las tesis del “feminismo radical” de Christine Dupont. Ésta sostiene el siguiente razonamiento:

“Se observa la existencia de dos modos de producción en nuestra sociedad: 1) la mayoría de las mercancías se producen según el modo de producción industrial.

2) Los servicios domésticos, la crianza de los hijos y un determinado número de mercancías se producen según el modo de producción familiar.

El primer modo de producción da lugar a la explotación capitalista. El segundo da lugar a la explotación familiar, o exactamente, patriarcal. Y por tanto, coexistirían en cierto modo dos clases: la clase de los proletarios, surgida de la explotación capitalista, y la clase de las mujeres, surgida de la explotación patriarcal”.1

El error garrafal del feminismo de Christine Dupont –que ha sido sostenido también por la feminista radical Shulamith Firestone- es que separa de manera mecánica la familia patriarcal del modo de producción y los supone como dos realidades independientes. Esta separación mecánica y artificial le permite establecer la existencia de una “clase sexual” de mujeres explotadas por la “clase sexual” de los machos opresores –enfrentando a los trabajadores en líneas de género-, pero lo único que se demuestra es que no se entiende en absoluto ni el origen del patriarcado, ni qué es una clase social, ni la vinculación entre familia y modo de producción. El “radicalismo” aparente de este tipo de feminismo oculta una teoría reaccionaria.

Hemos tratado de demostrar, siguiendo a Engels, que la familia monogámica patriarcal responde a la necesidad de preservar la herencia centrada en el varón y, por tanto, está íntimamente relacionada con la propiedad privada [https://old.laizquierdasocialista.org/node/3842]. El patriarcado, por su parte, es resultado de la concentración de riquezas acumuladas por los varones de la clase dominante. A esto se debe que ni la familia monogámica ni el patriarcado sean exclusivos del capitalismo, sino más o menos transversales a todo modo de producción clasista –omitimos, por el momento, las infinitas variaciones de forma-. El origen de la opresión de clase tendió a centrar la riqueza en manos de los varones como una ruptura de la división primitiva del trabajo (mujeres predominantemente recolectoras y varones predominantemente cazadores) –misma que no implicaba, en los marcos del comunismo primitivo, opresión de género- en donde los rebaños recién domesticados y el excedente creciente no sólo generó la diferenciación y la desigualdad social, sino la subordinación de la mujer al hombre.

Por tanto, la familia y su evolución, desde el clan primitivo de cazadores recolectores comunistas, no puede separarse, como realidad con autonomía absoluta, con respecto al desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción que determinan la forma y el contenido de esta “célula” de la sociedad.

Por otra parte, la opresión y esclavización de la mujer en la esfera doméstica patriarcal no puede equipararse mecánicamente a la opresión de la mujer y hombre trabajadores en la producción capitalista -aun cuando ésta y aquélla se apoyen y determinen recíprocamente-. La existencia de una clase social se establece por las relaciones de producción, determinadas, a su vez, por la propiedad privada de los medios de producción fundamentales. La burguesía explota la fuerza de trabajo porque aquélla monopoliza los medios de producción y el obrero no tiene otra opción –al carecer de medios de producción propios- que vender su fuerza de trabajo. La opresión de la mujer en el hogar no convierte al obrero en una clase social –porque el obrero no detenta ningún medio de producción-. Expresa, sin embargo, a una sociedad dividida en clases que somete a la mujer trabajadora a una múltiple opresión (como trabajadora, como mujer, como indígena, etc). La opresión de la mujer obrera por su marido trabajador reproduce formalmente las relaciones patronales –el obrero machista se comporta como un patrón en su hogar- pero en estricto sentido no lo convierte en clase dominante. El obrero no tiene manera de “realizar” en el mercado de forma capitalista la opresión de “su” mujer en el hogar, tan es así que sin el salario la familia corre el riesgo inminente de morir de hambre. Por supuesto, esto no hace menos odiosa y nefasta la esclavitud doméstica de la mujer –cuyo trabajo no remunerado es funcional para el capital- pero es necesario ser muy precisos en los términos si queremos una lucha efectiva contra toda explotación y opresión, y no caer en la pendiente resbaladiza del pensamiento burgués.

Aunque la familia monogámica patriarcal ha existido mucho antes del surgimiento del capitalismo actualmente ambos son fenómenos que se determinan recíprocamente. Si bien es cierto que la extracción de plusvalía se da en la esfera de la producción, la burguesía no puede presidir de la esclavización de la mujer trabajadora en el hogar de la misma forma que no puede prescindir de otras esferas del capital que no están involucradas directamente con el capital productivo (por ejemplo, el transporte, el capital comercial, bancario, etc.). La burguesía requiere de la familia patriarcal porque sin el trabajo no remunerado de la mujer la clase dominante tendría que absorber los gastos que la familia monogámica absorbe con el salario y el trabajo doméstico: la burguesía tendría que invertir en casas cuna, guarderías, lavanderías, más escuelas, comedores públicos, etc. Además, la familia no sólo absorbe esos gastos –disminuyendo el salario absoluto y relativo del obrero, y, por tanto, aumentando la plusvalía- sino que reproduce la fuerza de trabajo y los valores de la clase dominante. Así pues, la familia tradicional es, en términos generales, indispensable para la perpetuación del capital.

Es verdad que la organización y lucha de los trabajadores ha obligado al estado burgués a invertir en el llamado “Estado de bienestar” pero en el capitalismo estas conquistas –que tienden a aflojar las cadenas de la esclavitud doméstica- son provisionales, frágiles, imperfectas, incompletas. Desde hace décadas, en prácticamente todo el mundo, estas conquistas han sido sistemáticamente desmanteladas y allí donde se mantienen por encima del promedio –como pasa en algunos países escandinavos- es sólo por excepción a la regla.

“Teorizar” sobre la existencia de “clases sexuales” no sólo es teóricamente equivocado, sino que sus consecuencias políticas son absolutamente reaccionarias: divide y confronta a las masas oprimidas en función del género dificultando la lucha por el socialismo. Esto es un crimen para el movimiento y es muy conveniente para una clase dominante (formada por hombres y mujeres) que está interesada en mantener a la familia tradicional (para explotar y oprimir a hombres y mujeres de la clase trabajadora). La familia monogámica y patriarcal no podrá ser desmontada sin liquidar la opresión de clase, lo que significa acabar con la última expresión de ésta: el capitalismo.

Se supone que Antoine Artous está en desacuerdo con Christine Dupont e intenta hacer un análisis marxista de la opresión de género, pero la verdad es que –como suele suceder con los mandelistas- claudica frente a los argumentos y las modas de la pequeña burguesía y termina sosteniendo las mismas tesis centrales del feminismo burgués: que la opresión de la mujer no tiene una relación directa con las relaciones de propiedad. Aunque aclara correctamente que entre el modo de producción y la familia monogámica existe una vinculación orgánica, y que la situación social de la mujer burguesa no es en nada parecida a la situación social de la mujer proletaria, al final afirma, aunque de manera insegura y pusilánime, que la opresión de la mujer ha existido siempre incluso en las sociedades que no están divididas en clases. Con esta claudicación expulsa el feminismo burgués por la puerta para dejarlo entrar por las ventanas. Con total ligereza se afirma que: “Engels seguramente se equivocaba cuando atribuía a la aparición de las sociedades de clase y de la propiedad privada el origen histórico de la opresión de la mujer”.2

Según Antoine Artous “lo importante […] es comprender que en estas sociedades [sociedades sin clases sociales] las formas de poder social no se organizan en torno al poder de una clase sobre otra sino en torno al poder del grupo de hombres sobre el grupo de mujeres, y que éstas, una vez más, e incluso cuando participan en la producción social, tienen como primera determinación el lugar que ocupan en las relaciones de parentesco”.3 Para sostener la existencia de opresión en sociedades que viven en bandas y aldeas Antoine señala que nadie ha probado la existencia del matriarcado y que incluso entre muchas sociedades matrilineales y matrilocales es en el hermano de la madre o los hermanos de ésta en dónde recae la autoridad en el hogar. También se señala la existencia de casas especiales para hombres y el rapto de mujeres como botín.

El error de Antoine Artous es que su método es formal y no dialéctico, razona en términos de “a” o “b”. Como no se ha probado la existencia del matriarcado, entonces sólo queda el patriarcado como forma omnipresente. Hemos tratado de demostrar [https://old.laizquierdasocialista.org/node/3842] que en las sociedades de cazadores y recolectores la relación entre los géneros tiende a ser equilibrada: aunque el producto carnívoro de la caza realizada, en términos generales, por los varones es muy codiciada no es menos cierto que el producto de la recolección, realizada normalmente por las mujeres, es la más recurrente y, por tanto, indispensable. Antoine cita a Godelier metiendo en un solo saco a sociedades horticultura, guerreras y otras de cazadores recolectores, pero es el mismo Godelier el que nos informa que entre los cazadores recolectores suele haber toda clase de formas de filiación y residencia. En el caso de los bosquimanos, por ejemplo, la relativa igualdad entre los géneros se manifiesta en los patrones de residencia ambilocalidad –es decir, no existe preferencia para que el varón se vaya a vivir al clan de la mujer o a la inversa- y la ambilinealidad –a veces la filiación se traza por la línea materna o paterna, sin preferencia aparente-. También hemos tratado de mostrar –incluso de forma estadística hasta donde nos ha sido posible [véase tabla en: https://old.laizquierdasocialista.org/node/3842]- que las sociedades no clasistas que se sustentan mediante la pequeña agricultura tienden a ser matirlineales y/o matrilocales lo que se relaciona con una participación destacada de la mujer en la obtención de los productos del campo y los simbolismos femeninos asociados a la horticultura, es decir, al papel de la mujer en la producción social. Pero la existencia de la matrilocalidad y la matrilinealidad no equivale a opresión alguna del género opuesto –a la existencia del algún matriarcado- sino simplemente una determinada división del trabajo y una alta valoración de la mujer.

Creemos que Antoine confunde en buena medida una división natural del trabajo con opresión de género. Es cierto que la división del trabajo en mujeres recolectoras y hombres cazadores es parte de un bajo desarrollo de las fuerzas productivas, especialmente de una tecnología de la edad de piedra, pero esta división espontánea del trabajo en las sociedades de cazadores recolectores no equivale a opresión de un género sobre otro. Ver en esto opresión de género es dar un salto al vacío injustificado y distorsionar una diferencia más allá de sus límites. Por lo demás, esa división del trabajo no tendrá ninguna razón de ser en un comunismo que se basará en fuerzas productivas modernas, en donde la fuerza del varón ya no juega ningún papel.

Los fenómenos contradictorios que Antoine Artous señala de forma genérica, dando apenas unos ejemplos sacados de contexto y realizando falsas generalizaciones, demuestran algo muy diferente: no que la opresión de la mujer ha existido siempre, sino que el formalismo es incapaz de entender los fenómenos de transición donde abundan elementos nuevos y viejos de forma simultánea. Hemos visto que la agricultura permite la acumulación y la acumulación la diferenciación social. Además, hemos señalado que en situaciones concretas la explotación de cotos de labranza –también de pesca, caza y recolección- puede provocar enfrentamientos por territorios limitados. La acumulación y la guerra promueven elementos embrionarios –más o menos desarrollados- de opresión de la mujer incluso antes de que esas desigualdades y privilegios de casta se consoliden en la forma de relaciones de clase. Así, sociedades fuertemente guerreras –por ejemplo, los Yanomano del Brasil- pueden llegar a ser fuertemente machistas y usar a las mujeres como botín de guerra. Hemos interpretado, por ejemplo, la ovunculocalidad (donde el poder tiende a recaer sobre el hermano de la madre) como el intento de sociedades guerreras, que aún no derriba ni la matrilinealidad y/o la matrilocalidad, de fijar el poder en manos del varón –incluso Marvin Harris ha sostenido esta hipótesis, aunque de manera diferente a la nuestra-. Pero aun en las sociedades tribales donde la guerra existe o existió –por ejemplo, en los iroqueses estudiados por Morgan- la mujer sigue teniendo un alto estatus social y, si bien los hombres suelen ocupar los cargos de jefes, las mujeres solían imponerse en las asambleas comunales.

Las “casas para hombres” de las sociedades tribales, donde los hombres viven solos durante cierto periodo como parte de ritos de iniciación, son un fenómeno relacionado, en nuestra opinión, con la fijación de roles específicos normalmente señalados por la diferenciación social y la división del trabajo que, en determinado momento, se traducen en la formación de castas. Las castas hindúes son un ejemplo extremo de este fenómeno. Es verdad que las “casas para hombres” suele acompañarse de la imposición de roles de género desventajosos para la mujer, pero una vez más hablamos de procesos de acumulación asociados con el surgimiento de clases sociales que el marxismo siempre ha señalado.

Estos casos contradictorios demuestran que la opresión de la mujer está relacionada con el surgimiento incipiente de la propiedad y la riqueza en pocas manos, normalmente en manos de un grupo de varones que están en proceso de convertirse en parte de una casta dominante –que oprime tanto a mujeres como a hombres-.

Estos elementos apoyan la tesis de Engels y demuestran que Antoine no ha entendido nada y se ha enredado en fenómenos transitorios y contradictorios que sólo se pueden interpretar de forma dialéctica. Al eternizar la opresión de la mujer- aún cuando Antoine Artous hable de la necesidad del socialismo- se claudica por completo frente a los prejuicios burgueses y se abona al feminismo burgués que insiste en que la opresión de la mujer nada tiene que ver con factores materiales sino con misteriosos fenómenos ideológicos cuyo origen es desconocido o, peor aún, son propios del diabólico género masculino como tal. Esto es feminismo burgués de la peor especie.

1 Antoine Artous, Los orígenes de la opresión de la mujer, Barcelona, Fontamara, 1982, p. 98-99.
2 Ibid. p. 113.
3  Ibid. p. 119.

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