Mujeres e imperialismo
A.K. García; Isa Marín
El panorama actual se caracteriza por profundas convulsiones a nivel internacional. Estados Unidos le ha dado un nuevo empuje al intervencionismo imperialista; en todos los rincones del mundo se hacen sentir los efectos del capitalismo en plena descomposición. En este contexto, la opresión de la mujer trabajadora adopta formas más brutales que no pueden relegarse a un plano secundario. La experiencia histórica ha demostrado que la emancipación de las mujeres solo es posible con la victoria de la clase trabajadora, que a su vez depende de la participación revolucionaria de las mujeres en pie de lucha, por ello debemos estudiar las condiciones que estas enfrentan rumbo a nuestra organización unitaria y revolucionaria.
Temblores en la producción
Cuando la economía entra en turbulencia, los capitalistas descargan el peso de la crisis sobre la clase trabajadora, y las mujeres suelen recibir el golpe más duro de los costos de la reproducción social. La insuficiencia de servicios públicos que alivien la carga doméstica las coloca en una clara desventaja dentro del mercado laboral, orilladas sistemáticamente a la primera fila de despidos y confinadas a sectores laborales inestables y de superexplotación.
Las industrias suelen reservar los empleos formales y estables para los hombres, mientras incorporan a las mujeres como fuerza de trabajo suplente, temporal o informal. La caída de salarios reales y el deterioro de las condiciones de vida obligan a las mujeres a buscar ingresos adicionales en el sector informal, marcado por la violencia e inseguridad. En muchos casos, recurren al trabajo sexual –como una necesidad– forzadas a soportar acoso, abusos y violaciones solo para traer comida a la mesa. Por supuesto, estas actividades no sustituyen la jornada doméstica, sino que se superponen, profundizando la doble jornada y reforzando la división sexual del trabajo.
Esclavitud doméstica
A pesar de que las tareas domésticas son básicas para la reproducción de este sistema, es decir, una necesidad social, a los capitalistas no les interesa invertir en instituciones que la transformen en una responsabilidad social en lugar de un peso individual para el proletariado. Particularmente las mujeres asumen su peso a costa de jornadas de hasta 70 horas semanales que obstaculizan su participación en la vida política y cultural.
Militarización
Ante su incapacidad por resolver de fondo la criminalidad creciente, los gobiernos recurren sistemáticamente al despliegue permanente de las fuerzas armadas en las calles. Aplicada bajo el pretexto de “combatir al narcotráfico” y “garantizar la seguridad nacional”, en México esta estrategia no solo ha fracasado, sino que ha incrementado la violencia, mientras sirve para contener y administrar la crisis social producida por el propio sistema.
La presencia militar cada vez más extendida en barrios obreros y zonas precarizadas afecta de forma particular a las mujeres de la clase trabajadora y sus hijas. El contacto cotidiano con fuerzas armadas se traduce en hostigamiento, abusos y violencia sexual ejercidos con impunidad. Más de 68 mil mujeres han sufrido distintos tipos de violencia a manos de militares.
A ello se suma el impacto directo del reclutamiento militar —forzoso en muchos casos— impuesto por la miseria económica. Somete a las madres a presiones crecientes, obligándolas a sostener hogares con ingresos inestables o ausentes y asumir en solitario la crianza y el cuidado.
Migración
La creciente inseguridad y las duras presiones que enfrentan las familias trabajadoras y pobres en países excoloniales han empujado a millones a emigrar. Dada la desventaja de las mujeres de llegar a salvo a sus destinos y encontrar empleos “dignos”, muchas familias llegan al siguiente arreglo: el hombre probará su suerte viajando hacia países como E.U. y España con tal de enviar remesas a su familia, mientras la mujer se queda en casa asumiendo todo el peso doméstico, de crianza y cuidado, además de buscar medios informales para generar dinero.
¿Y qué hay de las mujeres que se marchan? Los trayectos migratorios están llenos de peligro. Sea por mar, tierra o cielo, las migrantes no tienen más opción que someterse a las condiciones más indignas de desplazamiento, en muchas ocasiones perdiendo su vida en el proceso. Estas condiciones suelen vulnerar aún más a las mujeres migrantes, que históricamente han sido blanco de agresores sexuales, redes de trata y prostitución, entre otras barbaries.
Retrocesos en las instituciones sociales
El capitalismo arrastra a la humanidad a crisis cíclicas que acaban pagando los trabajadores y pobres del mundo. Las intervenciones imperialistas como la estadounidense en prácticamente todo el territorio latinoamericano han resultado –entre otras cosas– en serias presiones económicas a lo interno de estos países. En tales circunstancias, la clase dominante sacrifica lo “prescindible” para la acumulación capitalista: pensiones “dignas”, educación gratuita, salud y vivienda públicas –conquistas históricas del movimiento obrero–.
Estos ataques son resentidos de forma aún más grave por mujeres y niñas. La privatización de la educación obliga a las familias pobres a elegir a cuál de sus hijos mandar a la escuela, y dado que lo aceptable es que las mujeres se dediquen a ser esposas y amas de casa, muchas niñas son privadas del acceso al aprendizaje. Similarmente, las mujeres y niñas tienen acceso limitado a la salud, y en episodios en los que esta es socialmente precaria, son empujadas a lidiar en silencio con sus dolencias y a despedirse del ejercicio de sus derechos reproductivos.
Conclusión
El imperialismo no es algo nuevo, sino una fase más avanzada, decadente, del modo de producción capitalista. La esclavitud salarial que nos condena al aventurerismo militar de la burguesía internacional, la descomposición social, las economías de barbarie, la misoginia…revela que la explotación de clase no es un elemento más en el agregado de condiciones que oprimen a las mujeres, sino su base.
Si bien defendemos toda iniciativa que mejore las condiciones de vida inmediatas para nuestra clase, lo cierto es que el gradualismo de estos gobernantes reformistas que optan por “lidiar” con los efectos del capitalismo en lugar de destruirlo, se pagan con sangre –particularmente de las mujeres– a manos de bombas, hambre, clínicas de aborto clandestinas, feminicidios, entre tantos otros.
La unión y solidaridad entre los oprimidos es imprescindible, pero no en torno a la identidad (nacionalidad, género, etnia…) sino a la clase. A las trabajadoras y sus hijas nos es de nula conveniencia representar las ideas y deseos de las mujeres burguesas que no dudarán en atacar los derechos generales del conjunto de la clase obrera cuando la crisis del capital se agrave dejando de lado su lucha de género,, sus intereses no son los nuestros. Nuestra clase necesita la máxima unión para salir victoriosa: los intereses de las mujeres obreras coinciden con los intereses ulteriores del proletariado.
La historia muestra el heróico papel de mujeres y niñas en luchas contra el imperialismo. Este legado nos empuja a luchar codo a codo con nuestros compañeros de clase, esclavos del mismo sistema que nos aplasta, no solo para resistir a los ataques, sino para conquistar un nuevo mundo donde la opresión sea materialmente imposible. Contra la misoginia, violencia y la opresión imperialista, ¡revolución comunista!
