Túnez: elecciones presidenciales, un golpe para los partidos de la «transición democrática»

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La primera vuelta de las elecciones presidenciales tunecinas del 15 de septiembre, calificada de «insurrección electoral», fue un golpe duro contra todos los partidos que, de un modo u otro, han gobernado el país desde el derrocamiento revolucionario de Ben Ali en 2011. Casi nueve años después y no se ha abordado ninguno de los problemas sociales y económicos que desencadenaron la revolución. Esto se vio a través de una mayor abstención (la participación fue de sólo el 45 por ciento, 18 puntos menos que en 2014) y dos candidatos «ajenos» al establishment que pasaron a la segunda vuelta, a pesar de que uno de ellos fue encarcelado por evasión fiscal durante la campaña.
Los resultados son una acusación fulminante tanto hacia los partidos burgueses «laicos» como hacia los partidos «islamistas», que han dirigido conjuntamente el país desde 2011.

Las elecciones se convocaron tras la muerte del presidente, Béji Caïd Essebsi, de 92 años. Era un hombre del antiguo régimen que, después de la revolución, desempeñó un papel clave para asegurar que nada fundamental cambiara. Essebsi fundó su propio partido, Nidaa Tounes, como vehículo para reciclar a los políticos del viejo régimen en el nuevo y democrático Túnez, y ganó las elecciones presidenciales de 2014, derrotando al burgués liberal Marzouki. Este político de 88 años, que representaba todo lo más odiado del antiguo régimen, es una expresión de la forma en que la revolución fue apropiada y sus objetivos traicionados.

Aunque aún no se han anunciado los resultados definitivos y completos, está claro y es oficial que el reaccionario, demagogo y experto en derecho constitucional, Kaïs Saïed (que se presentó como independiente y recibió el 18,4 por ciento de los votos); y el magnate de la televisión encarcelado, Nabil Karoui (que se presentó por su propio partido Corazón de Túnez y recibió el 14,48 por ciento), pasarán a la segunda vuelta.

Los votantes dicen: ¡Fuera!

En lo que algunos observadores han descrito como una ola de «degagisme» (de “dégage” – fuera, en francés – la consigna de la revolución de 2011 dirigida contria Ben Ali y su régimen), todos los candidatos de los partidos del orden establecido han sido derrotados. El candidato del partido islamista burgués Ennahda, Adbelfattah Mourou, que se presenta por primera vez en las elecciones presidenciales, recibió un miserable 12,8 por ciento. El candidato del difunto presidente Essebsi, Abdelkrim Zbidi, obtuvo sólo el 10 por ciento de los votos. El actual primer ministro, Yusef Chahed, como candidato de su propio partido, Tahya Tounes (una escisión de Nidaa Tounes), obtuvo un resultado incluso peor, con sólo el 7,3 por ciento de los votos.

Las elecciones reflejaron un profundo descontento con la «transición democrática» en Túnez, que no ha resuelto ninguno de los problemas sociales y económicos que condujeron a la revolución de 2010-11, es decir, el desempleo, el alto costo de la vida, la pobreza en las regiones del interior, la falta de oportunidades para los jóvenes, etc. La economía está estancada. Con un 7,5 por ciento, la inflación se encuentra en su nivel más alto en casi 30 años. El desempleo se mantiene en un 15 por ciento en general, aunque alcanza el 30 por ciento en algunas de las regiones más pobres, con un 34 por ciento de desempleo juvenil. Más de un tercio de los desempleados del país tienen títulos universitarios, algo que jugó un papel clave en el levantamiento revolucionario de 2011.

Desde el derrocamiento de Ben Ali (que murió ayer bajo la protección del reaccionario Reino de Arabia Saudita), ha habido oleadas y oleadas de protestas, huelgas e insurrecciones locales, la más reciente en 2018. Existe una oposición generalizada a las políticas del gobierno, en particular a su paquete de recortes y «reformas estructurales» acordadas con el FMI como condición del préstamo. La relación deuda-PIB del país, que era del 43 por ciento en 2011, ha aumentado a más del 70 por ciento en la actualidad, y el pago mínimo de la deuda se ha disparado, tragándose una gran parte del presupuesto del gobierno.

Estas condiciones económicas y sociales han llevado a la creciente descalificación de todos los partidos políticos establecidos -ya sean «laicos», «islamistas» o representantes del antiguo régimen- que han gobernado juntos como parte de un gobierno de unidad nacional. Esta es la explicación tanto del nivel récord de abstención, como de la victoria de los candidatos que son vistos como «ajenos».

¿Pero quiénes son Kaïs Saïed y Nabil Karoui? Saïed es un profesor de derecho constitucional que ha captado parte del voto del partido islamista Ennahda al oponerse a la igualdad de género en la herencia, a la despenalización de la homosexualidad y a la abolición de la pena de muerte. Sin embargo, el principal atractivo de su campaña, en la que ha hecho frecuentes referencias a los «mártires de la revolución», ha sido su propuesta de una reforma completa del sistema político. Quiere delegar todo el poder a los consejos locales y que los representantes de éstos sean elegidos directamente y revocables en cualquier momento. Quiere que el Parlamento nacional sea elegido por estos consejos locales y que los representantes en el mismo sean también revocables. El hecho de que dicha propuesta haya obtenido apoyo es una indicación de hasta qué punto las instituciones políticas se han desacreditado, a pesar de haber sido establecidas tan recientemente. El problema, por supuesto, es que ningún tipo de modificación del sistema político resolverá los problemas económicos y sociales de la sociedad tunecina, mientras la economía siga en manos de unas pocas familias ricas y empresas multinacionales.

Nabil Karoui se ha presentado como un personaje ajeno al sistema, pero la realidad es todo lo contrario. Ha sido comparado con Berlusconi. Es el rico propietario de la emisora de televisión Nessma, que fundó en 2007 con el acuerdo de Ben Ali. Fue promotor y estrecho colaborador de Nidaa Tounes, el partido a través del cual figuras del antiguo régimen se convirtieron en «demócratas». Desempeñó un papel clave en la victoria de Essebsi en las elecciones de 2014 a través de su cadena de televisión y su compañía de comunicaciones. Sin embargo, en 2017, se peleó con el hijo de Essebsi y líder del partido, Hafedh Caid, y abandonó el partido.

Utilizó su riqueza para promover su imagen a través de una fundación benéfica, lo que le permitió construir una red de patrocinio y apoyo en las regiones más pobres del país. Fue a través de esta red que creó su propio partido a principios de este año para presentarse a las elecciones presidenciales. Su imagen de figura anti-establishment fue creada por el propio régimen, que utilizó todos los trucos posibles para tratar de impedir su postulación y para obstaculizar su campaña. Primero, intentaron aprobar una enmienda a la ley electoral que prohibía a cualquiera que dirigiera fundaciones caritativas presentarse como candidato presidencial. Luego, en julio de este año, un informe de 2016 que cuestionaba la transparencia de su caridad salió al descubierto acusándolo de lavado de dinero. Sus activos fueron congelados y se le prohibió viajar al extranjero. Luego, el 23 de agosto, en plena campaña presidencial, fue detenido y acusado de blanqueo de dinero y evasión fiscal.

Seguramente es un ladrón, pero estos movimientos fueron vistos como un intento transparente por parte del primer ministro y de las autoridades para impedir que ganara las elecciones, dándole así la imagen de una víctima del sistema.

La revolución socialista es la única salida

No está claro quién ganará la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, que probablemente coincidirán con las elecciones legislativas que también están previstas para este año. Lo que está claro es que ninguno de estos candidatos resolverá los problemas y la frustración que llevó a una parte significativa del electorado a abstenerse y a otro a castigar a los políticos del establishment.

A la izquierda le fue muy mal en estas elecciones. El veterano Hamma Hammami del Partido de los Trabajadores obtuvo sólo el 0,69 por ciento: un colapso total del 7,8 por ciento que obtuvo en las elecciones de 2014, cuando se presentó como candidato conjunto del Frente Popular de izquierda. La verdad es que la izquierda revolucionaria desperdició varias oportunidades en las primeras etapas de la revolución en 2011. En un momento en que se planteaba la cuestión de transferir el poder a los trabajadores y a los pobres, vacilaron y siguieron a los partidos «seculares» permitiendo que la clase dominante recuperara la dirección. En lugar de plantear las cuestiones básicas del empleo, la pobreza y quién controla la economía, concentraron el debate en el laicismo contra el Islam. En lugar de plantear la cuestión del socialismo y la expropiación de los capitalistas y las multinacionales, se concentraron en luchar por la «democracia» de forma abstracta, como si pudiera haber una «mejor» democracia bajo el capitalismo. A través de sus propios errores, se volvieron irrelevantes para la juventud revolucionaria y los trabajadores y ahora han pagado el precio en las elecciones.

La experiencia de la revolución tunecina debe servir de lección saludable para el movimiento revolucionario en marcha en Argelia. La «democracia» – dentro de los límites del capitalismo en un país dominado por el imperialismo y algunas familias capitalistas locales – no puede resolver ninguno de los problemas de las masas. Ni siquiera una asamblea constituyente convocada por el régimen, como ocurrió en Túnez, mejorará nada. Lo que hace falta es derrocar completamente, no sólo al antiguo régimen despótico, sino también al sistema capitalista que lo sustenta.

Túnez necesita una segunda revolución que complete la tarea del heroico movimiento de 2010-11, en el que tantos individuos dieron su vida. Esa revolución sólo puede ser una revolución socialista que sirva de inspiración a las masas del norte de África y del mundo árabe. Para ello, es necesario construir una corriente marxista, basada en una evaluación clara de la experiencia de los últimos nueve años. Las condiciones económicas y sociales del país provocarán nuevos estallidos. La cuestión clave ahora es construir pacientemente una dirección revolucionaria que pueda llevarlos a la victoria.

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